A Domingo Patiño no lo conocí.

Conviene empezar por ahí, porque la muerte suele empujarnos a exagerar las cercanías, a reconstruir intimidades que nunca existieron y a escribir como si hubiéramos compartido habitaciones, carreteras o madrugadas. Yo no compartí nada de eso con Domingo. No puedo recordar su voz entrando en un bar ni la manera en que sujetaba una guitarra. No sé cómo reaccionaba cuando una conversación se quedaba sin música.

Lo conocí de oídas. Y hay personas a las que, de tanto oír hablar de ellas, uno acaba concediéndoles un lugar en su propia memoria.

A Domingo llegué a través de Francisco Esquivias, System Efe. Durante años, en conversaciones sobre discos, máquinas, canciones y esas inquietudes que uno lleva en la cabeza mucho antes de saber convertirlas en música, su nombre regresaba con una frecuencia casi doméstica.

Domingo habría entendido esto. Esto le habría gustado a Domingo. Domingo decía… Siempre Domingo. Su Domingo.

El de Domingo y Los Cítricos. El de la Movida, como lo situaba Fran, aunque su música y su biografía desbordaran una etiqueta que, con el tiempo, ha terminado por explicar demasiado y escuchar muy poco.

Domingo Patiño había nacido en Guadamur, Toledo, en 1958. Cantó, compuso y tocó la guitarra. Antes de ponerse al frente de Domingo y Los Cítricos pasó por La Máquina Humana, uno de esos nombres que sobreviven en los márgenes de la historia oficial, allí donde suelen permanecer las músicas que no encontraron su momento exacto o que llegaron cuando nadie sabía todavía cómo recibirlas.

Con Domingo y Los Cítricos grabó canciones de pop y rock atravesadas por la literatura, el humor, la observación de lo cotidiano y una extraña elegancia para mirar el mundo sin solemnidad. Publicaron dos miniálbumes a finales de los ochenta y después los elepés Recién levantao, en 1989, y Buen provecho, en 1994. Entre sus canciones estaban Todo, nadaDos corazones trabajanComo a una héliceBusco un faro o La realidad: títulos que hoy parecen formar, colocados uno detrás de otro, una breve teoría sobre la vida.

Fotos cedidas por Ángel Martos, batería de Domingo y los Cítricos

También estaba Dylan.

Domingo adaptó y cantó sus canciones en castellano, primero dentro del repertorio del grupo y después en un proyecto propio que todavía permanece disponible, como una pequeña puerta abierta, en su página de Bandcamp. Pero todo eso lo he sabido después.

Antes de las fechas, de los sellos y de los discos, estuvo el relato de Fran. Y en ese relato Domingo nunca aparecía como una fotografía sepia de la música española. No era una reliquia de los años ochenta ni el personaje secundario de una Movida contada demasiadas veces por los mismos protagonistas.

Estaba vivo. Daba conversación. Opinaba. Escuchaba. Sobre todo, escuchaba.

Fran cuenta que en 2014 Domingo empezó a darle conversación y que aquella conversación, que podría haber sido una más entre tantas, terminó extendiéndose durante años. La música está llena de esos encuentros discretos. No siempre comienza con una revelación, un escenario o una cinta enviada a la dirección correcta. A veces comienza con alguien que se queda un rato más, hace una pregunta y presta atención a la respuesta.

Domingo ayudó a Fran a ordenar algunas de las inquietudes musicales que llevaba dentro. A dar forma a ideas que todavía no habían encontrado su lenguaje. A salir del espacio conocido y acercarse a otro tipo de música.

De ahí nació Two Diopters. Un proyecto de house contenido, emocional y nocturno, alejado de la caricatura festiva del género. La clase de house que, según repetía Fran, a Domingo le gustaba tanto y con la que nunca había terminado de atreverse.

Hay algo profundamente hermoso en esa contradicción. Domingo ayudó a otro a hacer la música que él mismo no había hecho.

Tal vez una parte importante de la amistad consista precisamente en eso: permitir que alguien cruce una puerta que nosotros dejamos cerrada. Reconocer en otra persona una posibilidad, incluso cuando no supimos reconocerla a tiempo en nosotros mismos. Entregarle una intuición para que la lleve más lejos.

Por eso Domingo está en Two Diopters aunque no resulte sencillo localizarlo.

No está necesariamente en un acorde, en una caja de ritmos o en la programación de un sintetizador. Las influencias verdaderas rara vez se dejan aislar de ese modo. Están por debajo. En la confianza necesaria para elegir un camino. En el permiso para equivocarse. En la forma de escuchar una música antes de que exista.

El mundo musical suele medir las vidas mediante discografías, ventas, conciertos y apariciones en prensa. Necesita cifras y acontecimientos porque no sabe registrar las conversaciones. Sin embargo, buena parte de la historia de la música ha sucedido precisamente ahí: en cocinas, estudios pequeños, bares, coches detenidos o llamadas que se alargaron más de lo previsto.

Nada de eso deja créditos. No figura en las carpetas de un disco. No aparece en las bases de datos. Pero cambia canciones. Y, a veces, cambia vidas.

Yo no puedo escribir el obituario de Domingo desde la intimidad. Esa memoria pertenece a quienes lo conocieron, tocaron con él, discutieron, rieron o compartieron canciones. Pertenece a sus amigos y a su gente. A quienes pueden contar cómo era de verdad, más allá de la obra y de las versiones que los demás hemos ido construyendo.

Puedo escribir, sin embargo, sobre su eco. Sobre la manera en que una persona a la que nunca vi terminó apareciendo en mis conversaciones. Sobre cómo un músico nacido en Guadamur en 1958 pudo llegar, muchos años después y por caminos invisibles, hasta alguien que hacía radio y techno en Toledo.

Eso también es una forma de permanencia. Quizá la más honesta.

Porque al final no permanecemos únicamente en aquello que firmamos. Permanecemos en los gustos que contagiamos, en los discos que recomendamos, en una frase repetida por otro sin recordar ya quién la dijo primero. Permanecemos en las pequeñas desviaciones que provocamos en la trayectoria de los demás.

Domingo dejó canciones. Algunas extraordinarias. Canciones que merecen ser escuchadas lejos de la condescendencia con la que tantas veces se recupera a los artistas que no tuvieron la suerte que merecían. No como arqueología sentimental, sino como música. Su repertorio habla por sí mismo: irónico, literario, emocionante y difícil de reducir al relato simple de la Movida.

Pero dejó también a Fran. Dejó una conversación comenzada en 2014. Dejó un impulso que acabó tomando la forma de Two Diopters.

Y Fran, de tanto hablarme de él, terminó dejándome a mí una pequeña parte de Domingo. Una parte prestada, inevitablemente incompleta, pero suficiente para comprender que había personas cuya influencia no terminaba donde acababa su nombre en los créditos.

Nunca sabemos hasta dónde llega lo que hacemos.

Domingo probablemente no pudo imaginar que aquellas conversaciones aparecerían años después en un texto escrito por alguien a quien nunca conoció. Que su nombre llegaría hasta aquí. Hasta Yoikol. Hasta 808. Hasta este intento de despedir con respeto a una persona conocida únicamente a través de la admiración de otra.

A Domingo Patiño no lo conocí.

Pero conozco el lugar que ocupa en Fran.

Conozco la forma en que cambia su voz cuando habla de él.

Conozco ese house con el que Domingo nunca llegó a atreverse y que, de alguna manera, ayudó a hacer posible.

Quizá conocer a alguien sea también esto: reconocer el espacio que dejó en los demás.

Descansa en paz, Domingo.

La conversación continúa.

Juan Antonio Lorente (Yoikol)